Voluntariado: Amor por los más necesitados

“Cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste”
(Mateo 25, 40).

Esta emblemática exhortación de nuestro Señor, recogida por san Mateo en su evangelio, constituye no solo un horizonte claro de caridad cristiana, sino también una posibilidad concreta de amar a Jesús, sirviéndolo en el más pobre, en el que sufre, en el vulnerable.

Amar es lo que nos hace realmente humanos, y nada habla tanto de nuestra vocación como personas como nuestra capacidad de abrir el corazón hacia los demás, y comprometer nuestra vida con aquellos que Dios pone en nuestro camino.

La clave para nuestra felicidad está pues en saber amar como Jesús nos amó, en saber “amar hasta el extremo” (Jn 13, 1)

Recientemente, hemos sido testigos de numerosos desastres naturales que han afectado a muchos de nuestros compatriotas; se habla de más de 21000 familias que han perdido sus hogares y cerca de 700,000 personas que han ingresado a los índices de pobreza.  Definitivamente no son datos alentadores, puesto que hemos sido testigos todos del sufrimiento de muchos hermanos y hermanas en diferentes regiones del Perú, hemos podido ver en sus ojos el dolor de perderlo todo, hemos visto su angustia, su desconcierto por no saber cómo será su futuro, y más aún, el ir perdiendo la esperanza de que en su vida puedan alcanzar la felicidad.

Allí es donde nuestra acción juega un rol fundamental, es en este momento donde el Señor nos pide que actuemos, que seamos protagonistas de un tiempo nuevo, nos pide que seamos otros ‘cristos’, que amemos a nuestros hermanos afectados por la miseria con la misma generosidad que Dios tiene para con nosotros.  Ahora es pues el momento de la SOLIDARIDAD, de esta virtud cristiana capaz de transformar el dolor en gozo, la tristeza en esperanza, siempre a través del amor.  El Catecismo nos enseña: El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de “amistad” o “caridad social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana” (CCE 1939).  Y es que sólo a través de esta ‘amistad’, de esta ‘caridad’, es decir, del amor, podemos dar a los demás no lo que nos sobra, sino de aquello que habita en nuestro corazón, de lo que nos hace auténticamente humanos.

De esta manera, la SOLIDARIDAD no es un sentimiento pasajero, sino que es un compromiso con aquel que sufre, en quien brilla el rostro mismo de Cristo.

De mi parte, estoy muy agradecido con Dios, porque en Solidaridad en Marcha me da la posibilidad de ir hasta las “periferias de la sociedad”, como nos invita el Papa Francisco, para buscar a aquellos que más necesitan nuestro amor y cuidado.

Gracias a la cooperación de muchos voluntarios del Perú y diversos países del mundo, podemos llevar no sólo un mensaje de esperanza y consuelo, sino también diversas obras que buscan ayudar a nuestros hermanos más vulnerables a vivir con mayor dignidad.  Gracias al interés de numerosas personas e instituciones, a lo largo de varios años hemos podido completar diversos proyectos de salud, educación, evangelización y construcción civil, que incluyen escaleras, muros de contención y lozas deportivas.  Son miles de voluntarios los que a través de este hermoso servicio han encontrado en los menos favorecidos a verdaderos hermanos a quienes amar.

“En el atardecer de nuestra vida, seremos juzgados en el amor”.  Con esta hermosa frase resumía san Juan de la Cruz esa pregunta que todos debemos hacernos al terminar nuestro día: “¿Cuánto he amado hoy?”.  Y es que la vida no merece ser vivida sino es para amar, ya que sólo el amor tiene el poder de transformar nuestras vidas: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos.

Alejandro Molina Hernández
Director de voluntariado